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Cuando migrar nos hace víctimas de nuestra propia sangre

«… Fue una etapa dura para mí, la mitad de mi vida me la pasé migrando de un lado a otro en busca de una vida estable y mejor, de una vida con mejores oportunidades para mis hijas y mi familia, no sé si al fin lo he logrado pero el sufrimiento ha sido mucho».

Paola Ojeda es una mujer de 44 años de edad, de origen colombiana que, pese a los traumas y decepciones que carga con ella, nos abrió las puertas de sus recuerdos para compartir con El Residente, la dolorosa historia que le tocó vivir durante su proceso migratorio hacia Londres.

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Desde muy joven Paola y su entonces pareja y padre de sus dos hijas, salieron de Colombia asediados por las pocas oportunidades, la falta de empleo y la dura situación económica de la que eran presos en aquel país sudamericano.

Su primera visión fue Europa y nada mejor que España; ya se escuchaba hablar entre los paisanos que ahí (España) habían oportunidades de empleo, que la educación para los niños era mejor y que se podía tener mejor calidad de vida y de seguridad ciudadana; fue entonces que en diciembre del año 2000 se marcha su exmarido y cinco meses más tarde, en abril del 2001, le siguió ella llevando consigo al más valioso de sus equipajes, sus hijas de cinco y un año de edad.

Y fue en España, exactamente en la provincia de Málaga, donde comenzaron una nueva vida, llegó el obligatorio proceso de adaptación, la situación no fue fácil pero tampoco imposible, las costumbres eran diferentes, la gente y la manera de socializar también eran desconocidas pero poco a poco fueron integrándose y haciendo propios aquellos escenarios de vida a la que ahora pertenecían y donde se sintieron muy bien acogidos.

Después de mucho años de esfuerzo, trabajo y lucha, logran legalizarse y hacerse de sus ahorros, sus hijas crecían, ya eran unas señoritas y necesitaban acercarlas a otras oportunidades de vida, eran ellas quienes ahora necesitaban un mejor escenario que les permitiera un futuro con una visión más amplia.

LLEGA LA AVENTURA

Tomados de la mano y con la fortaleza que solo la familia brinda, deciden salir hacia Holanda, «aquí la acogida fue muy buena, ya traíamos como referencia España y teníamos claro lo que significaba migrar y los obstáculos que podíamos encontrar», explica Paola, repasando sus memorias.

«Holanda fue apacible, acogedor, pero estábamos hechos de retos, fue cuando miramos a nuestras hijas y dijimos: Londres!!!».

La mecánica fue la misma, su expareja migró primero y meses después lo hizo Paola con sus hijas, ya era 2015 y comenzaba a ser necesario pensar a futuro cercano y habitar en un lugar de manera estable, sin duda para Paola, Londres era lo mejor y tenía lo que su familia necesitaba: trabajo, oportunidades de estudio para sus hijas, un territorio multicultural y seguro.

LO BUENO NO ES PARA SIEMPRE

Llegar a Londres fue, al igual que una alegría, la más fuerte de las vivencias que ha tenido que pasar Paola en todas las esferas de su vida «Cuando llegué a Londres con mis hijas no tardé mucho en comenzar a sentir la falta de conexión con su padre, una no se engaña y tenemos siempre un sexto sentido; mis temores y sospechas resultaron ser ciertas, él tenia amores con una mujer también colombiana que había conocido en su trabajo y ya las cosas no eran como antes…aquí comencé a sentir sobre mí el impacto del agua fría».

Con tan solo dos meses de haber llegado a Londres Paola se enfrentó a la realidad de su separación y fue entonces que le tocó independizar a sus hijas y separar aquel vínculo que llevaban de unión y protección con ellas para integrarse a la vida laboral, «fue emocionalmente duro pero la parte económica también me golpeó y necesitaba proveer para mí y mis hijas porque ya no contábamos plenamente con su padre como antes » recuerda.

En su búsqueda de soluciones para abastecer económicamente los gastos de ella y sus hijas, Paola logra encontrar trabajo en una empresa bastante reconocida en Londres y con una amplia cobertura en servicios de limpieza profunda y de mantenimiento en oficinas, aparcamientos y calles.

Al inicio le fue sencillo desempeñarse «era un trabajo fácil de cumplir», asegura. Todo marchaba bien hasta que le tocó compartir escenario laboral con su Supervisor de área de nombre Alejandro, un venezolano que tenía mucho tiempo de residir en Londres y al parecer era un trabajador de muchos años en esta empresa y a quien conoció a los pocos días de iniciar sus labores… «desde entonces este señor (Alejandro) se convirtió en mi sombra y se empeñó en hacerme la vida imposible», afirma Paola.

«Todo comenzó con insinuaciones y coqueteos a los que yo nunca correspondí, al parecer él estaba acostumbrado a abusar de las trabajadoras que tenía a cargo y la que no se dejaba le iba mal, tal y como me pasó a mi».

Paola relata que fue una situación que vivió por años y que no logró nada más que enfermarse y almacenar un recuerdo terrible para el resto de su vida.

«Me llamaba por el radio transmisor para que fuera a verle para orientaciones de trabajo y no era así, cuando llegaba donde él estaba comenzaban sus propuestas e insinuaciones sexuales que siempre le rechacé pero subió de escalada y comenzó a querer hacerme tocamientos en la cara, los brazos y hasta la cintura», relata.

Al parecer, la negativa de Paola no le agradó a su abusador y fue entonces cuando comenzó a hacerle la vida imposible dañándole su reputación, «Comenzaba a hablar con los compañeros de trabajo y les decía que yo me dedicaba a la prostitución, que en Colombia había sido narcotraficante; también me predisponía ante ellos y les decía que yo hablaba mal de ellos y que me quejaba o les mal reportaba con los superiores…. la gente era totalmente apática conmigo, nadie se me acercaba, me hacían entre todos la vida imposible pero era gracias a la intervención e influencia de este hombre».

Como a muchos migrantes, a Paola le tocó ser víctima de su propia «gente», personas emigrantes igual que ella, que estaban en las mismas condiciones de vida que ella, luchando para salir adelante pero que, por no contradecir al «superior», se sumaron a este mecanismo de presión del que era víctima día a día.

En respuesta a este problema, Paola decidió ir a la policía en Londres, pero las autoridades fueron contundentes y enfatizaron en que su queja no era un problema de competencia para la policía, que era una situación que debía ser tratada y solucionada a nivel interno con los responsables de la empresa y así lo hizo; procedió a realizar una queja ante la Dirección de Recursos Humanos de la empresa, respaldándose con la unidad sindical que le representaba (UNION).

Recuerda que en cuatro ocasiones fueron llamados a reunirse con la representación sindicalista, Recursos Humanos de la empresa, el acosador – Alejandro – y ella «pero él nunca se presentó, no hubo nunca una respuesta de él, no dio la cara y tristemente la respuesta de la empresa fue que ellos estaban claros de la situación de bullying y acoso que yo estaba viviendo y que como solución ellos podían cambiarme de área o aceptar mi renuncia si yo así lo quería pero que, lamentablemente, contra este señor no podían hacer nada porque era un trabajador de muchos años en la empresa, que conocía mucho de leyes y derechos y que no podían someterse a tener problemas por una situación que tenía como salida una renuncia o un cambio de área… fue entonces que acepté lo segundo».

Paola cuenta que en ese momento, ella no podía arriesgarse a poner una renuncia sin antes tener la seguridad de otro empleo, sobre todo porque no en todas las empresas se hablaba castellano; ella no sabía nada de ingles y eso siempre fue y continúa siendo la mayor de sus limitaciones en este país.

Sin duda alguna, el manejo que la empresa le dio a la situación, sumó las fuerzas y el poder de Alejandro ante su victima, las agresiones aumentaron, comenzaron a dibujarle «penes» en sus sitios de trabajo, a dejarle mensajes «obscenos» en la pared, a seguirla cuando salía de su casa o del trabajo para tratar de intimidarla con mensajes de amenazas y peor aun, su acosador se alió con otro supervisor de nombre Andrés y éste comenzó a darle mas carga de trabajo y a influenciar en la Manager del área para obligarla a usar maquinaria de limpieza pesada sin algún entrenamiento previo.

«Este fue otro trauma, ya eran dos personas de peso grande contra mí, con el ataque de este hombre (Andrés), terminaron de acabarme en todos los sentidos. Él me ponía a trabajar horas y horas, para todo me llamaba a que lo hiciera yo y muchas veces ni reportaba mis horas, o sea que trabajaba más y ganaba menos; junto a la Manager me obligaban a realizar la limpieza de los espacios con unas maquinarias pesadísimas que terminaron dañando mi espalda, yo les lloraba del dolor y no me daban permiso para ir al médico, me fui en una ocasión de emergencia y fue cuando el doctor me dijo que tenia desviada unas vertebras de la columna y que ese era mi malestar, me dieron mas citas médicas desde luego, pero no podía asistir porque no me autorizaban los permisos y si lo hacían ya era tarde, en horarios cuando ya había pasado mi consulta con el médico…. esto físicamente me golpeó mucho porque mi cuerpo ya sentía el rechazo, el cansancio», expresa Paola, en medio de recuerdos y resignación.

Para Paola, esto fue ya lo último que podía resistir, sentía una frustración grande, como que no tenía valor alguno, sufría cada vez que abría los ojos y sabía que debía prepararse para regresar a lo que ella denomina «mi calvario».

Así transcurrieron cuatro años, de abuso, de acoso, de explotación laboral y de abandono por parte de las autoridades y de la empresa misma.

Asegura que pidió ayuda, solicitó el cambio de esa maquinaria que estaba destrozando su espalda y NUNCA fue escuchada; pidió sus vacaciones para poder atenderse con médico privado y NUNCA fueron autorizadas; tuvo que contratar a un médico quiropráctico privado para poder atenderse y esto le costó mucho dinero y aun así su malestar no fue sanado, el daño ya estaba hecho y no había vuelta atrás.

Esta experiencia para Paola fue como aventurarse a estar en una tierra sin ley, sin solidaridad ni humanismo que pudiera auxiliarla ante todo lo que, por cuatro años consecutivos, vivió a manos de estos hombres, hasta que un día, «llegó el alivio», piensa.

«El final llegó cuando, por mi insistencia, nos llamaron a reunión a este otro supervisor (Andrés), aliado de Alejandro, y a mí. Yo pedí reunirme con él y Recursos Humanos para poner mis quejas del abuso laboral que estaba pasando y solicitar el cambio de la maquinaria, creo que todo fue un plan en mi contra, me dejaron hablar y mientras escuchaban mis quejas el tipo (Andrés) se exaltó y se acercó a mi persona en expresión agresiva, recuerdo que yo también me puse de pie y le pregunté: Me vas a pegar MARICÓN? si, es verdad que lo dije y ahí estuvo mi delito….. fue entonces que se me acusó de xenofobia y discriminación y esa si fue razón para despedirme, me despidieron….quedé en la calle».

Para Paola su despido fue, si bien es cierto, el golpe en la cara que terminó por humillarla pero también el alivio a muchos atropellos, abusos y acosos vividos; situaciones a las que nunca encontró apoyo ni respuesta por parte de las autoridades quienes solamente se dedicaron a alimentar a un monstruo que, después de haber salido de la empresa, continúo con el asedio llamándole por teléfono, siguiéndole en las cercanías de su casa y acosándola, ahora con más libertad y qué podía hacer? ya la policía misma había dicho que no era de su «competencia»… su terror aumentó cada vez más y fue entonces que, decidió encerrarse en ella misma y protegerse en su casa, fueron muchos meses de encierro dentro de su casa sufriendo de miedos con la idea que estaban tras ella y que si salía a la calle en cualquier momento podían hacerle mucho daño, sufrió de mucho delirio y hasta llegó a ser dueña de pensamientos suicidas que la invadieron en su búsqueda constante de soluciones.

Con el apoyo de su actual pareja – un chico español que conoció en la empresa y en el único que se refugiaba ante todo esto – decidieron cambiarse de casa y cambiar su número telefónico para evitar que este hombre tuviera mayor contacto con ella. Fue su pareja quien también le ayudó a contactar con una asociación que le brindó asistencia psicológica y estuvo tratándose poco más de un año porque ella considera que «me transformaron en una mujer temerosa, insegura… una mujer emocionalmente inservible, con deseos constantes de quitarse la vida y físicamente lastimada, con una lesión de por vida en mi espalda».

Superarlo fue difícil, Paola se sintió derrumbada, se sumió en una depresión y un miedo terrible; le costó mucho poder retomar la confianza y al menos, arriesgarse a salir a ver el sol y retomarle sentido a la vida, pero su realidad era que tenía a dos hijas y ahora una nueva ilusión amorosa, un compañero que le apoyaba y estaba en la misma lucha junto a ella.

Paola estuvo con tratamiento y acompañamiento psicológico por más de un año y así fue que pudo normalizarse un poco y retomar nuevamente su vida.

Actualmente es una mujer más segura que valora la compañía y apoyo de su pareja; una mujer que vive agradecida con quienes sí la escucharon y le brindaron el apoyo psicológico para ayudarle a salir de ese abismo y sobre todo, se considera una madre fuerte y luchadora. «Mi hija mayor se casó y vive actualmente en Holanda con su marido y mi hija menor estudia en una universidad de Londres y lleva unos excelentes resultados en sus estudios y eso me vuelve feliz y exitosa, un gran logro para mí».

Físicamente Paola es una mujer que tiene su limitación debido al problema que aquella terrible experiencia dejó en su espalda, por eso, de momento permanece en su casa, al cuido de su marido y de ella misma, reconstruyéndose cada día, ahora se siente emocionalmente mejor, más estable y segura.

«Puedo decir que no fue nada fácil, fue una historia de vida que dejó secuelas en mí pero que no me impidió superarme y seguir…. esta historia de vida la comparto porque sé que después de mí hay muchas mujeres y hombres – inclusive – que están pasando por algo semejante, es parte del costo que muchas veces nos deja la migración, pero quiero decirles que no todo está perdido, debemos retirarnos de lo que nos daña, no esperemos hasta lo último como lo hice yo, huyamos y busquemos apoyo porque no todo está perdido».

Paola finalizó su relato compartiendo a los lectores de El Residente su actual necesidad de retomar sus consultas médicas en la búsqueda de terapias que le ayuden a solucionar la mal formación que le quedó en su espalda, para complementarse y poder reintegrarse a futuro a una vida laboral activa «y así comenzar también a ser laboralmente útil y poder generar mis propios ingresos, será otra lucha pero estoy dispuesta a hacerlo y lo intentaré», concluyó.

Por: Evangelina Benavides Ramírez

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