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ROBERT ÁLVAREZ/ Barcelona/El País de españa

 “Limítate a recordar qué nombre llevas en las zapatillas”. Michael Jordan, a sus 57 años, podría seguir burlándose de algunas de las emergentes y ya multimillonarias estrellas de la NBA como un día, en sus primeros tiempos, lo hizo de su admirado hermano Larry durante una pachanga. Zion Williamson, uno de esos meteóricos astros que juega en los New Orleans Pelicans, es el paradigma de los veinteañeros que idolatran a Jordan a pesar de que eran unos bebés cuando se retiró en 2003, de la misma manera que una multitud de chavales siguen suspirando por la camiseta con el número 23 de los Bulls.

Zion, a sus 20 años, al igual que figuras consolidadas como Russell Westbrook o Chris Paul, ha firmado un contrato para publicitar su propio modelo de zapatillas con Jordan Brand, la filial de Nike, a cambio de unos 40 millones de euros por cuatro temporadas. Una minucia para Jordan, a quien Forbes sitúa en la posición 1.001 en la lista de las personas más ricas del mundo, con 21.000 millones de dólares. La imagen de la firma con el famoso logo de MJ en pleno vuelo es tan potente que el año pasado dio el salto al fútbol y firmó un patrocinio con el PSG.

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Su carisma, lejos de declinar, se acentúa con el paso del tiempo. En 1999, al año siguiente de que Jordan ganara su último anillo (el título de la NBA), David Halberstam, escritor, periodista e historiador y Premio Pulitzer en 1964, se sintió atraído por aquella saga de Chicago y, tras un exhaustivo trabajo de investigación, publicó Playing for Keeps. Michael Jordan and the World He Made. El interés por el personaje era obvio. Cuando los Bulls llegaron a París en 1997 para disputar el Open McDonald’s, un periodista los definió como los Beatles del baloncesto. Aterrizaron en París a bordo del Jumbo utilizado habitualmente por The Rolling Stones. “Jordan esperado como un Rey”, era el titular de l’Equipe. Hasta el poderoso David Stern, el comisionado que impulsó el éxito y la globalización de la NBA, adoptó la costumbre de decir que era el aparcacoches de Jordan.

Su carisma, lejos de declinar, se acentúa con el tiempo

Halberstam, en el libro que ahora se publica por primera vez traducido al español y que llega aquí con el título AirLa historia de Michael Jordan (Duomo), explica el motivo por el que decidió abordar un personaje y un mundo de tan complejo acceso cuando se pretende ir más allá de la pura fachada. “No solo me interesaba Michael Jordan, sino que me parecía igualmente importante el fenómeno Jordan. La pregunta a la que intentaba encontrar respuesta era sencilla: en la década de 1940, cuando yo era un muchacho todavía en edad de crecer, las figuras emblemáticas del deporte estadounidense eran todas jugadores blancos de béisbol (Williams, DiMaggio, Musial o Feller), y la NBA ni siquiera existía. ¿Cómo era posible, pues, que en el transcurso de mi vida el deportista más famoso del mundo hubiera pasado a ser un joven negro que jugaba al baloncesto profesional, alguien que se había graduado en un colegio sureño en el que ni siquiera habría podido entrar cuando yo era un joven corresponsal en el extranjero?”.

Ese fenómeno sigue devorando titulares. En mayo, un coleccionista desembolsó 517.000 dólares por un ejemplar de las zapatillas Air Jordan 1, utilizado y autografiado por MJ. Ni las obras de Francis Bacon ni las joyas de María Antonieta despertaron tanta expectación en la subasta de Sotheby’s. Un mes antes, Netflix y ESPN empezaron a emitir la serie The Last Dance (El último baile). Diez capítulos sobre MJ en el máximo esplendor de su carrera deportiva. Imágenes y revelaciones, muchas inéditas, sobre la exitosa pero embrollada campaña en que los Bulls conquistaron su sexto y último título en 1998.

Por eso la obra de Halberstam se revaloriza. El rigor, la capacidad analítica y la visión global del escritor neoyorquino se asimilan con la tenacidad con que perseguía las fuentes. Falleció en 2007 a los 73 años, en un accidente de tráfico cuando se dirigía a entrevistar a un antiguo quarterback para su siguiente libro The Glory Game, completado por Frank Gilford y publicado en 2008.

El París, definieron a los Bulls como los Beatles del baloncesto

Halberstam busca respuestas a los motivos por los que Michael Jordan representaba, en opinión del sociólogo de la Universidad de California Harry Edwards, “el nivel más alto del triunfo humano y estaba a la altura de un Gandhi, un Einstein o un Miguel Ángel. Añadía que, si le encargaran exponer ante un alienígena el mejor ejemplo del potencial, la creatividad, la perseverancia y el espíritu humanos, le describiría a Michael Jordan”.

Ya entonces, a finales de los noventa, MJ ingresaba, entre sueldo y patrocinios, unos 80 millones de dólares anuales y se podía permitir el lujo de llamar “mis socios” a los dueños del equipo en que jugaba —desde 2006 es copropietario de los Charlotte Hornets— y a los presidentes de las multinacionales de zapatillas, hamburguesas y refrescos a las que representaba. Y algo incluso más relevante: “Era posiblemente el americano más famoso del mundo. Más famoso, en muchos lugares remotos del globo, que el presidente de Estados Unidos o que cualquier estrella del cine o del rock.

Periodistas y diplomáticos americanos destinados a las zonas más rurales de Asia y África solían quedarse estupefactos cuando visitaban aldeas y veían niños con harapientas imitaciones de la camiseta de los Bulls que llevaba Michael Jordan”. Su impacto también está contrastado por los índices de las audiencias televisivas. La primera final entre los Lakers de Magic Johnson y los Celtics de Larry Bird en 1984 tuvo un índice de audiencia de 7,6%. El de la última de MJ con los Bulls fue de 22,3%, es decir más de 27 millones de televidente en Estados Unidos, el doble que durante la temporada 1993-1994 en que se tomó un año sabático tras el asesinato de su padre James en un área de descanso de una carretera en Carolina del Norte. MJ, en su memoria, se dedicó durante un tiempo a jugar en la Liga de Béisbol con el equipo filial de los Chicago White Sox, también propiedad del dueño de los Bulls, Jerry Reinsdorf.

Larry Jordan, el mejor

El personaje se fue modelando y estableció coordenadas jamás vistas entre una estrella del deporte y a la vez un fenómeno mundialAir indaga en la infancia de MJ, la influencia de sus padres, la de ese hermano mayor Larry con el que compitió “salvajemente” cuando eran niños y del que se vaticinó que pudo haber sido incluso mejor que él, pero se quedó en el camino porque solo medía 1,72. “Cuando me ves jugar, ves jugar a Larry”, le correspondió el propio Michael.

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