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Nicolás Maduro eligió al prestigioso The Washington Post para dar su visto bueno revolucionario, como primer objetivo, al brusco giro en la estrategia hacia Venezuela de la administración de Donald Trump. Y lo hizo de una forma evidente y precisa, con titulares que en las primeras horas recorrieron las redacciones de medio mundo.

Su otro objetivo, menos evidente, pero igual de importante para la propaganda bolivariana, era recuperar posiciones políticas y diplomáticas ante el desprestigio acumulado por sus continuas embestidas contra el Parlamento democrático, por las constantes violaciones de los derechos humanos y por la tragedia social y económica que expulsó a más de cinco millones de ciudadanos de su país. Que las consecuencias de sus siete años de administración sean tan visibles no significa que el chavismo abandone la lucha por imponer su relato. Antes lo hacían con una marea continua de millones de petrodólares; ahora, con menos dinero, toca aguzar el ingenio.

Maduro ensayó una frase para impactar ante la opinión pública y ganarse los titulares del día: «Ahora es el momento de negociaciones directas con Estados Unidos para acabar con el estancamiento político». Además, introdujo un añadido muy de marketing estadounidense para darle más fuerza: «En una relación de respeto y diálogo, todo es ganar-ganar. En una confrontación, todo es perder-perder». En el trasfondo, los pozos de petróleo del país con mayores reservas del planeta, ahora en la esfera de la estatal rusa Rosneft, pero con las multinacionales del norte, como Chevron, siempre al acecho.

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El «presidente pueblo» adelantaba así sus alfiles sobre el tablero geoestratégico para dar respuesta a Mike Pompeo, secretario de Estado de Trump, que hace días apostó por «una rápida transición negociada a la democracia como ruta más sostenible y efectiva hacia la paz y la prosperidad en Venezuela». Nada de intervenciones, nada de vías rápidas. Diálogo, diría Maduro, su receta favorita: diálogo para que todo siga igual.

Lo que Maduro no esperaba cuando sus colaboradores confirmaron este viernes la entrevista con el Post es que el segundo objetivo de la táctica revolucionaria quedaría desactivado por una nueva acción inesperada y atrevida del «títere diabólico», como llaman a Guaidó en el Palacio de Miraflores. Un nuevo salto de frontera que hoy lo reunirá junto a sus dos grandes apoyos internacionales: el colombiano Iván Duque y el estadounidense Mike Pompeo. Ambos reconocieron días atrás a Guaidó como único presidente de la AN y denunciaron la pantomima montada desde el chavismo para situar al frente de la AN al fraudulento Luis Parra.

El presidente legítimo del Parlamento volverá exhibir en Bogotá y en Europa los trapos más sucios del chavismo, haciendo añicos el segundo as bajo la manga de Maduro, escondido en su última entrevista. El «hijo de Chávez» repitió que los informes, investigaciones e informaciones sobre el desastre venezolano son «mentiras de los medios derechistas antirrevolucionarios», vieja táctica que reaparece cíclicamente y que viene acompañada de declaraciones parecidas de amigos y aliados. En esta ocasión quien se adelantó fue el exjefe del gobierno español José Luis Rodríguez Zapatero, al calor del nuevo gobierno entre el PSOE y Podemos: «La realidad que se nos ha presentado de Venezuela no es esa realidad que es allí, estoy cansado de decirlo y explicarlo. Cuando se instala una idea hay muchos intereses en que se instale una idea, y aquí se está dando».

Zapatero aboga por el cese de las sanciones y por el diálogo con los grupúsculos opositores en la mesa inventada por la revolución, conformada por cuatro partidos que solo suman tres diputados de 165 en el Parlamento. Maduro dijo al Post estar dispuesto a sentarse con Guaidó a otra mesa del diálogo, pero nadie le preguntó por la negociación entre gobierno y oposición, con la mediación de Noruega, que él mismo dinamitó en 2019 cuando ya no la podía manejar.

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